|
Las
incubadoras son equipos electromédicos utilizados para el
mantenimiento de la vida del recién nacido prematuro. Su función
es
proporcionar un ambiente termoneutral;
ésto es alcanzado guardando la
temperatura y la humedad relativa del aire dentro de niveles adecuados,
permitiendo que el bebé mantenga la temperatura del cuerpo
normal sin pérdidas metabólicas.
El ambiente controlado contribuye a un desarrollo rápido del
infante y a una incidencia menor de enfermedades.
Al pasar el recién nacido pretérmino del ambiente intrauterino
al extrauterino, está expuesto a una diferencia
de temperatura ambiental de por lo menos 10ºC. El recién
nacido pretérmino tiene, además, una relación superficie
corporal/peso elevada, menor producción de calor mientras menor
es la edad gestacional, control vasomotor deficiente, gran conductancia
térmica y mínimo aislamiento térmico graso.
Estas circunstancias propician que desde el momento de nacer, la producción
endógena de calor se presente como un problema inmediato y que
en las horas o días subsiguientes se favorezca la pérdida
de calor. Si un neonato prematuro se encuentra por debajo de su zona
de neutralidad térmica como consecuencia de un mal control de
su ambiente térmico, experimentará un incremento en el
consumo de oxígeno a tasas de 2 a 3 veces mayores al requerimiento
normal. En consecuencia, puede desarrollar acidosis, hipoglicemia, estado
de choque y apnea, entre otras complicaciones. Por ello, es fundamental
el control adecuado de la temperatura corporal en estos niños,
lo cual puede lograrse con el uso de incubadoras.
La
incubadora conserva el calor corporal gracias a un ambiente cálido
y a determinadas condiciones de humedad. Proporciona, además,
un suministro regulable de oxígeno
y reduce la contaminación del microambiente
que rodea al niño. La sobrevida de un recién nacido enfermo
o con peso bajo es más elevada cuando se halla en un ambiente
térmico neutro. Éste consiste de una serie de parámetros
entre los que se incluyen: La temperatura del aire y la superficie radiante,
la humedad relativa y el flujo aéreo en los que la producción
de calor y consumo de oxígeno es mínimo. De esta manera,
la temperatura central del niño se mantendrá dentro de
lo normal, en función del peso y la edad postnatal.
La temperatura óptima de la incubadora (aquélla que mantiene
la temperatura central del niño a 36.5-37ºC) depende
del peso y, sobre todo, de la madurez
del neonato. El mantenimiento de la humedad relativa entre el
40 y 60% estabiliza la temperatura corporal al disminuir la pérdida
de calor a menores temperaturas ambientales, previene la desecación
e irritación de la mucosa respiratoria por la administración
de oxígeno, fluidifica las secreciones y reduce las pérdidas
insensibles de agua.
Una
de las primeras observaciones realizadas por quienes fueron pioneros
en ocuparse de los problemas del recién nacido, fue la facilidad
que éste tenía para enfriarse. Este hecho era especialmente
llamativo en los niños prematuros y de bajo peso. El Dr. Budin
a comienzos del siglo XX observó que los prematuros de menos
de 1500gr que se enfriaban tenían una mortalidad significativamente
alta. Posteriormente el Dr. W. Silverman, en estudios controlados, dejó
establecida la importancia del ambiente térmico en la sobrevida
de los recién nacidos. De estas primeras observaciones surgió
el uso de la incubadora destinada a proporcionar al prematuro un ambiente
térmico adecuado que lo aislara de las variaciones de la temperatura
del medio externo. Estas medidas relativamente simples significaron
probablemente la más importante mejoría en la sobrevida
de los niños prematuros en la historia de la neonatología.

Contenido desarrollado por William David Santisteban
Báez, UMB, Colombia
|